Kadafi y las contradicciones de los violentos

Poco después de la caída de las respectivas dictaduras de Túnez y Egipto, estamos asistiendo en Libia a un fuerte cuestionamiento al régimen de Kadafi, luego de 42 años en el poder; quien a pesar de estar reprimiendo sangrientamente a su pueblo, no logra impedir el avance de los rebeldes, a quienes se le suman cada vez más militares que se niegan a reprimir.

Kadafi, instalado en el poder desde 1969, comenzó por identificarse con el idealismo panárabe de Nasser, y se fue definiendo como “socialista revolucionario”, amigo del Kremlin y enemigo de USA. Pero muy pronto su interpretación violenta de la revolución lo convertiría en el promotor de sangrientos actos terroristas contra el mundo occidental; tan sangrientos como los bombardeos que hoy ordena contra su propio pueblo por rebelarse.

Su pretendida ubicación en la izquierda del espectro ideológico y su prédica contra USA, le proporcionaron amistades con gobiernos de ese perfil. Pero en los últimos años, los buenos negocios con el petróleo de Libia, sus cuantiosas compras de armamentos, su colaboracionismo con la contención de inmigrantes africanos hacia Europa, y su supuesta conversión al “antiterrorismo”, le permitieron ganar muchos amigos entre los gobiernos europeos. Seguramente por eso Europa no termina de reaccionar ante el baño de sangre que su socio Kadafi está imponiendo al pueblo.

El estado de masas de Kadafi (Jamihiriya), no resultó en una organización que le diera más poder al pueblo, sino más bien en la disolución de toda posible competencia para el poder de su familia. Sus “comités revolucionarios”, no son más que la espada represora que hoy está usando para acallar la rebelión. Una rebelión popular masiva, que Kadafi pretende descalificar adjudicándosela a “grupos de jóvenes drogadictos”.

Seguramente que, tanto los gobiernos de izquierda que en el pasado lo sintieron cercano por su discurso socialista, como los gobernantes de derecha y recientes socios en negocios, políticas xenófobas, y hasta para sus dislocadas fiestas, tratarán de mirar hacia otro lado en este momento, y hasta podrán manifestar sorpresa.

Para los Humanistas no es una sorpresa que quienes han creído siempre en la violencia, y hasta la hayan tenido como bandera para la “defensa de su pueblo”, hoy utilicen esa violencia contra su propio pueblo. No es una sorpresa que quienes han defendido el uso de la violencia para alcanzar sus ideales, luego caigan en todo tipo de corrupción y ensañamiento con los más débiles. No es una sorpresa que los violentos que vociferan a los cuatro vientos, que el poder debe estar en manos del pueblo, sean los más autócratas, y no duden en reprimir a ese pueblo cuando se rebela.

Para los Humanistas no es una sorpresa que los violentos caigan cada vez en más contradicciones, porque precisamente es la contradicción la fuente de toda violencia, y jamás creímos en los cantos de sirena de quienes nos prometen un paraíso al final de un sendero de violencia.

Como ya nos manifestamos en estas últimas semanas, apoyamos la revolución no-violenta que algunos pueblos árabes están emprendiendo, aspiramos a que cesen los derramamientos de sangre en Libia, y exigimos que el mundo, y en particular Europa, realicen verdaderos esfuerzos en ese sentido.

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